
Muchos serían los adjetivos que podría emplear para entregarle a los posibles lectores de este post la poesía de David González pero creo que esa es una labor que no me corresponde. Influir sobre las sensaciones de los demás es algo que me mata, porque quién soy yo para destrozar la imaginación y las sensaciones de los demás con cuatro adjetivos que a mí me sirven pero que afortunadamente serán prescindibles para otros. Sólo diré que la mirada de David funciona para mí como lo hace la maquinaria de un frigorífico, ya que hace, por la exactitud de sus palabras, que la imágenes permanezcan intactas en la retina. Son imágenes duras, con la garantía de alguien que saber ver vivir a las palabras y ha sido autorizado por ellas a contarlo. Os dejo dos poemas de un libro duro, certero y cercano, dos poemas de "Anda hombre, levántate de ti". El título ya nos pone en pie de guerra.
DONCELLA
fátima no abortó
decidió tenerlo
dio a luz a su hijo en la oscuridad
de un refugio de la ciudad de basora
el hijo de fátima prontó sufrirá
cómitos cólicos y diarreas el hijo de fátima
pronto tendrá miedo insomnio e histeria
pronto se esconderá debajo de su cama
pronto se atrincherará bajo la arena del desierto
fátima no abortó
decidió tenerlo
parió
un hijo muerto
UNA MANO PODEROSA
La mosca, una mosca común, y yo, un hombre
normal y corriente, a cabezazos, los dos,
contra el doble acristalamiento de la ventana de mi
[estudio.
No estoy al tanto de los problemas de la mosca,
con los míos ya tengo suficiente:
67 € con 40 céntimos, esa es toda mi fortuna.
Esta mañana cavé en los cajones
en busca de recuerdos, preciosos, de los que pudiera
[deshacerme.
Encontré el contorno del corazón de mi ex,
la alianza matrimonial,
un pendiente que perteneció a mi abuela Mercedes
y una chapa, regalo del viejo, en la que se podía leer:
David González. Soy diabético.
Esta tarde, la mosca común y el hombre
normal y corriente, se dan de cabezazos
contra el doble acistalamiento de una ventana
[cualquiera,
mientras esperan a que alguien,
o algo
una mano poderosa como solía decir mi abuela,
les aplaste de una puta vez contra el cristal. O les abra
la ventana.